Introducción
Hay escritores que su época celebra y luego entierra con prisa, casi con vergüenza, como si hubieran dicho en voz alta lo que todos pensaban pero nadie se atrevía a confesar. Antonio de Hoyos y Vinent fue uno de ellos. Aristócrata, dandi, homosexual declarado en una España que castigaba la diferencia, novelista prolífico y escandaloso, vivió deprisa y murió en la miseria tras la Guerra Civil, olvidado por quienes antes lo adulaban en los salones de Madrid. Leerlo hoy es, entre otras cosas, un acto de justicia.
A flor de piel lleva en el título su propia poética. Todo en esta novela ocurre en la superficie del cuerpo, en ese milímetro de piel donde el deseo roza lo prohibido y la elegancia cubre —apenas— la herida. Hoyos y Vinent conocía ese territorio como pocos: lo había habitado, lo había sufrido, lo había convertido en materia literaria con una honestidad que sus contemporáneos llamaron escándalo y que nosotros podemos llamar, sin rubor, valentía.
El mundo que aparece en estas páginas es el de la belle époque tardía y su resaca: aristócratas en decadencia, salones perfumados donde la conversación es un duelo, cuerpos que se desean y se destruyen con idéntica elegancia. Hoyos y Vinent construye ese ambiente con una prosa que tiene algo de fiebre y algo de encaje: densa, sensorial, capaz de hacer sentir el calor de una tarde madrileña o la frialdad de un rechazo social con la misma precisión perturbadora.
Pero sería un error leer esta novela solo como documento de época, como pieza de museo modernista. Lo que late debajo de los terciopelos y las máscaras sociales es algo mucho más permanente: la tensión entre lo que uno es y lo que el mundo permite ser, el precio que se paga por vivir según el propio deseo, la violencia silenciosa de las convenciones. Esos temas no han envejecido ni un día.
Hoyos y Vinent aprendió de Wilde la ironía y el ornamento, de D'Annunzio la voluptuosidad, pero su voz tiene una amargura propia, una lucidez sobre la crueldad de la clase a la que pertenecía que ninguno de sus maestros europeos habría podido escribir desde dentro con tanta exactitud. Él sabía de qué hablaba. Había visto esa crueldad de cerca, la había padecido.
Hay en A flor de piel escenas que incomodan, personajes que fascinan precisamente porque son incómodos, situaciones que el autor no juzga ni absuelve sino que simplemente ilumina, con esa distancia clínica que es, paradójicamente, la forma más íntima de la compasión. El lector no sale de estas páginas tranquilo, y eso es exactamente lo que la buena literatura debe hacer.
Recuperar a Hoyos y Vinent es también recuperar una parte de la literatura española que el canon oficial prefirió ignorar: la que hablaba de cuerpos, de deseo, de identidades que no cabían en los moldes. Una literatura que existió, que tuvo lectores, que fue real, y que merece ocupar el lugar que le corresponde.
Este libro espera al lector como esperan los mejores: sin condescendencia, sin explicaciones innecesarias, con la confianza de quien sabe que tiene algo verdadero que ofrecer. Solo hay que abrir la primera página y dejarse rozar.