Introducción
Hay libros que no se publican: se confiesan. A este lado del paraíso es uno de ellos. Cuando Francis Scott Fitzgerald lo entregó a la imprenta en 1920, tenía veintitrés años y una urgencia que no admitía demora: la urgencia de quien siente que su generación acaba de inventar el mundo y necesita decirlo antes de que alguien se lo arrebate. El libro salió en marzo. En abril, Fitzgerald era famoso. En mayo, había gastado ya buena parte del adelanto. Era, en todos los sentidos, la novela perfecta para ese momento.
El protagonista, Amory Blaine, llega a las páginas con la arrogancia intacta de quien ha sido criado para creer que el universo le debe algo. Es guapo, es listo, es sensible de una manera que él mismo confunde con profundidad. Princeton lo recibe, el amor lo sacude, la guerra lo roza apenas, y el dinero —ese gran personaje invisible de toda la obra de Fitzgerald— aparece y desaparece con la crueldad de las mareas. Lo que Amory busca no tiene nombre preciso, y eso es exactamente lo que lo hace tan reconocible.
Fitzgerald escribió esta novela varias veces antes de que fuera esta novela. La rehízo, la abandonó, la recuperó en noches de cuartel durante su servicio militar, convencido de que si moría en Francia al menos dejaría ese manuscrito como prueba de que había existido. No murió en Francia. Tampoco llegó a Francia. Pero la urgencia de esa escritura sobrevivió a la paz, y se nota en cada página: hay en el libro una electricidad que no se fabrica, que solo se encuentra cuando alguien escribe como si le fuera algo verdaderamente importante en ello.
La novela pertenece a ese género extraño y glorioso que podríamos llamar bildungsroman americano, aunque Fitzgerald lo contamina deliberadamente con poesía, con diálogos teatrales, con fragmentos que parecen sacados de un cuaderno de apuntes y que probablemente lo fueron. La forma es irregular, a veces desconcertante, y esa irregularidad es parte de su honestidad: la vida de un joven que se está formando no tiene la elegancia de una novela bien torneada.
Lo que Fitzgerald capturó aquí, antes que nadie y mejor que casi todos, fue el sabor específico de cierta desilusión juvenil: no la desilusión del fracaso, sino la del éxito que llega y resulta ser otra cosa. Sus personajes bailan, beben, se enamoran con una intensidad que roza el delirio, y sin embargo hay siempre en el fondo de la fiesta una tristeza que no tiene causa concreta, una sensación de haber llegado tarde a algo que quizás nunca existió.
Eso es lo que hace que este libro, escrito hace más de un siglo sobre chicos de Princeton con corbatas de seda, siga hablando con una voz que parece dirigida a cada lector en particular. La geografía cambia; la herida, no.
Fitzgerald no volvería a escribir así: con tanta exposición, con tan poco pudor. Sus novelas posteriores son más perfectas, más controladas, más conscientes de sí mismas. Pero hay algo en esta primera que ninguna de las otras tiene del todo: la sensación de estar leyendo a alguien en el momento exacto en que descubre que puede escribir, y que ese descubrimiento lo asusta y lo exalta a partes iguales.
Abrir A este lado del paraíso es entrar en ese instante suspendido entre la promesa y el desencanto, ese filo preciso donde todavía todo parece posible aunque ya nada sea del todo cierto. Pocas veces la literatura ha sabido estar tan cómodamente en ese lugar incómodo.