Introducción
Hay obras que Shakespeare escribió para complacer, y hay obras que escribió para pensar. A buen fin no hay mal principio pertenece, sin duda alguna, a la segunda categoría, aunque durante siglos muchos lectores y espectadores hayan preferido ignorar esa incomodidad y quedarse únicamente con el título, con su promesa de resolución feliz. Pero Shakespeare nunca prometió nada gratis.
Escrita en torno a 1604 o 1605, esta comedia —si es que merece llamarse solo comedia— ha desconcertado a críticos y directores desde el siglo XVII hasta hoy. Se la agrupa con las llamadas «comedias problemáticas», junto a Medida por medida y Troilo y Crésida, y el adjetivo no es caprichoso: algo en estas obras resiste la clasificación, algo chirría bajo la superficie del género. El final feliz llega, sí, pero llega con demasiadas preguntas sin responder, demasiados silencios incómodos, demasiadas heridas que el tiempo no ha tenido margen de curar.
En el centro de todo está Helena, una joven sin fortuna ni linaje que ama a Bertram, un conde joven, arrogante y esquivo. Lo que podría ser el argumento de una novela romántica convencional se convierte, en manos de Shakespeare, en una exploración feroz del deseo, del mérito y de la voluntad femenina. Helena no espera a ser elegida: actúa, planea, persiste. Es uno de los personajes más activos y más complejos que Shakespeare dio a una mujer, y esa energía suya tiene algo que todavía hoy resulta perturbador, porque no encaja en ninguno de los moldes que solemos preparar para los personajes que amamos.
Bertram, por su parte, es difícil de querer. Shakespeare no lo suaviza, no lo redime con facilidad. Hay en él una mezquindad que el dramaturgo observa con una frialdad casi clínica, y esa frialdad es, precisamente, lo que hace grande a la obra: no hay aquí condescendencia moral, no hay lección servida en bandeja. Solo la vida, con su mezcla extraña de nobleza y bajeza, de amor genuino y rechazo injusto.
La pieza contiene también uno de los personajes cómicos más ricos y más humanos del teatro shakespeariano: Parolles, el fanfarrón que presume de valentía sin poseerla. Su humillación pública podría ser una escena de escarnio fácil, pero Shakespeare la convierte en algo más hondo, casi en una reflexión sobre la dignidad que permanece cuando todo lo demás se ha perdido. «Simplemente soy un hombre», dice Parolles tras su caída, y en esa sencillez hay más verdad que en todos sus alardes anteriores.
Leer esta obra hoy exige cierta disposición a la incomodidad, y eso es precisamente su mayor regalo. En una época acostumbrada a narrativas que resuelven, que consuelan, que cierran, Shakespeare nos entrega una historia que se niega a ser del todo satisfactoria, que mantiene la tensión hasta el último verso y que, aun así, insiste en llamarse comedia. Esa insistencia es irónica, desafiante, profundamente moderna.
La traducción que tiene usted en las manos ha buscado preservar ese tono ambivalente, esa prosa que puede ser tierna y cortante en el mismo aliento. Shakespeare escribía para un público que escuchaba antes de leer, y cada frase lleva todavía el peso del habla viva, del ritmo que convence antes de que la razón intervenga.
Ábrala, pues, sin prisa. Deje que Helena la sorprenda, que Bertram la irrite, que Parolles la haga reír y luego pensar. Y cuando llegue al final —ese final que el título ya anuncia—, pregúntese si Shakespeare cumplió su promesa o si, como tantas veces, nos dejó con algo mucho más valioso que una respuesta.