Un poeta popular
Ramón de Campoamor nació en Navia, Asturias, el 24 de septiembre de 1817. Tras abandonar unos primeros estudios orientados a la vida religiosa y a la medicina, se dedicó a la literatura y a la política, en la que desarrolló una notable carrera como diputado, gobernador y consejero, dentro del liberalismo moderado. Pero su verdadera vocación y su fama las alcanzó como poeta. En una época en que la poesía romántica de tonos grandilocuentes empezaba a agotarse, Campoamor encontró un registro propio, más íntimo, sencillo y reflexivo, que conectó extraordinariamente con el público de su tiempo y lo convirtió en uno de los poetas más leídos y populares del siglo XIX español.
Las «Doloras» y las «Humoradas»
Campoamor creó y bautizó formas poéticas propias que definen su obra. Las «doloras» son poemas breves que combinan la ligereza de la forma con la hondura del pensamiento: pequeñas composiciones que, a partir de una anécdota o una escena cotidiana, extraen una reflexión filosófica, moral o sentimental, a menudo teñida de melancolía o de ironía. Las «humoradas» son aún más breves, casi aforismos en verso, rasgos de ingenio y de sabiduría condensada. Y los «pequeños poemas» son composiciones algo más extensas que desarrollan las mismas ideas con mayor amplitud narrativa. En todas ellas, Campoamor buscó unir la poesía con el pensamiento y con la vida real.
El escepticismo sonriente
El tono característico de Campoamor es un escepticismo sonriente, una mirada desengañada pero amable sobre el amor, la vida, el tiempo y las ilusiones humanas. Su famoso verso —«En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira»— resume esa filosofía relativista y desencantada, expresada con sencillez y gracia. Campoamor prefería la reflexión irónica y la observación aguda a la efusión sentimental, y su poesía, accesible y llena de sentido común, ofrecía al lector una sabiduría práctica sobre las cosas de la vida.
Sencillez y prosaísmo
Campoamor defendió deliberadamente una poesía sencilla, clara y cercana al lenguaje común, en la que la idea primara sobre la forma. Esa opción por la naturalidad, e incluso por cierto prosaísmo, fue muy celebrada en su tiempo por su accesibilidad, aunque la crítica posterior, más exigente en lo formal, le reprochó a veces la falta de intensidad lírica y de rigor artístico. Campoamor teorizó sobre su propia estética en tratados de poética, defendiendo su concepción de una poesía útil, pensada para comunicar ideas y emociones al mayor número de lectores.
Un fenómeno de su época
La popularidad de Campoamor fue extraordinaria: sus versos se recitaban, se memorizaban y se citaban por todas partes, y sus doloras y humoradas formaban parte de la cultura común de la España de su siglo. Pocos poetas han gozado en vida de tanto favor del público. Miembro de la Real Academia Española y figura respetada de la vida cultural y política, encarnó durante décadas un modelo de poesía reflexiva y amena que respondía al gusto de su tiempo.
Legado
Murió en Madrid el 11 de febrero de 1901. Aunque la valoración crítica de Campoamor ha conocido altibajos —la modernidad poética posterior, más atenta a la forma y a la intensidad, revisó a la baja su prestigio—, su lugar en la historia de la poesía española del siglo XIX es indiscutible. Fue el gran poeta del posromanticismo reflexivo, el creador de formas propias y el autor de versos que se hicieron proverbiales. Su escepticismo sonriente, su ironía y su capacidad para unir la poesía con el pensamiento y la vida cotidiana le aseguran un lugar entre las voces más singulares y populares de las letras españolas de su época.