El sabio de Samos
Pitágoras nació hacia el año 570 a. C. en la isla de Samos, en la Grecia jónica. Envuelta en la leyenda, su figura histórica es difícil de separar del mito, pues no dejó obra escrita y sus enseñanzas nos han llegado a través de sus discípulos y de la tradición. Se cree que viajó por Egipto y Oriente, donde habría absorbido conocimientos matemáticos, astronómicos y religiosos. Establecido finalmente en Crotona, una colonia griega del sur de Italia, fundó allí una comunidad o hermandad —la escuela pitagórica— que era a la vez una escuela filosófica y científica y una fraternidad religiosa con reglas de vida propias.
El universo de los números
La gran intuición de Pitágoras y su escuela fue que la realidad última del universo está en los números y en las relaciones matemáticas. «Todo es número», enseñaban: creían que las estructuras, las proporciones y la armonía del cosmos podían expresarse mediante números y razones matemáticas. Descubrieron, por ejemplo, la relación entre la longitud de las cuerdas y los tonos musicales, revelando que la armonía musical obedece a proporciones numéricas, lo que reforzó su convicción de que el orden del mundo es matemático. Esta idea —que la naturaleza está escrita en lenguaje matemático— tendría una influencia inmensa en toda la historia de la ciencia.
El teorema de Pitágoras
Su nombre está unido para siempre al célebre teorema de geometría que enuncia que, en un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Aunque la relación era conocida por otras culturas antiguas, la tradición atribuye a la escuela pitagórica su demostración y su formulación como teorema, y es uno de los resultados más famosos y fundamentales de las matemáticas. Los pitagóricos hicieron importantes contribuciones a la aritmética, la geometría y la teoría de los números, y elevaron las matemáticas a la categoría de saber abstracto y demostrativo.
La hermandad pitagórica
La escuela de Pitágoras era también una comunidad de vida con fuertes rasgos religiosos y morales. Sus miembros seguían reglas estrictas, practicaban el ascetismo, el silencio y la purificación, y compartían una doctrina sobre el alma. Creían en la transmigración de las almas —la reencarnación—, según la cual el alma es inmortal y pasa de un cuerpo a otro, lo que fundamentaba normas como el respeto a los animales. Esta unión de ciencia, filosofía, religión y ética en un modo de vida hizo de la escuela pitagórica una de las instituciones intelectuales y espirituales más singulares de la Antigüedad.
Armonía y cosmos
Los pitagóricos concibieron el universo como un «cosmos», un todo ordenado y armonioso regido por leyes matemáticas. Imaginaron incluso una «armonía de las esferas», la música inaudible producida por el movimiento de los astros según proporciones numéricas. Esa visión de un universo ordenado, armónico y matemático, accesible a la razón humana a través de los números, es una de las grandes aportaciones del pensamiento griego y una intuición que atravesaría toda la historia de la filosofía y la ciencia occidentales.
Legado
Pitágoras murió hacia el año 495 a. C., en circunstancias inciertas, tras conflictos políticos que dispersaron a su comunidad. Su influencia, sin embargo, fue inmensa y perdurable. La idea de que el universo tiene una estructura matemática inspiró a Platón, a los astrónomos y a los científicos de todas las épocas, y está en la base misma de la ciencia moderna. El teorema que lleva su nombre se enseña en todo el mundo, y su figura, entre el sabio y el místico, sigue fascinando. Pitágoras representa el nacimiento de la matemática como ciencia y de la búsqueda de las leyes racionales que rigen el cosmos, y permanece como uno de los grandes fundadores del pensamiento occidental, el hombre que enseñó a la humanidad a buscar en los números la clave del orden y la armonía del universo.