El poeta de Córdoba
Luis de Góngora y Argote nació en Córdoba el 11 de julio de 1561, en una familia de la nobleza local. Ordenado clérigo para disfrutar de una renta, ejerció como racionero de la catedral de Córdoba y aspiró, con desigual fortuna, a mejorar su posición en la corte de Madrid. De temperamento orgulloso, aficionado al juego y de vida no siempre acorde con su condición eclesiástica, Góngora fue ante todo un poeta de genio deslumbrante, que llevó la lengua española a cimas de riqueza, complejidad y belleza nunca antes alcanzadas, y que dividió a la crítica de su tiempo y de los siglos posteriores entre la admiración fervorosa y el rechazo.
El culteranismo
Góngora es el creador y máximo representante del culteranismo (también llamado «gongorismo»), la corriente del Barroco que busca la belleza mediante el enriquecimiento y la complicación del lenguaje poético. Su poesía culta despliega una sintaxis latinizante, con audaces hipérbatos que alteran el orden natural de las palabras; un vocabulario suntuoso, lleno de cultismos y voces raras; una profusión de metáforas deslumbrantes y de alusiones mitológicas y eruditas. El resultado es una poesía de una densidad, un colorido y una musicalidad extraordinarios, pero también de gran dificultad, que exige y recompensa el esfuerzo del lector iniciado.
Las grandes obras
Sus obras mayores llevan el culteranismo a su plenitud. La Fábula de Polifemo y Galatea recrea el mito clásico del cíclope enamorado con un despliegue de imágenes sensuales y de belleza plástica de una intensidad asombrosa. Las Soledades, su obra más ambiciosa y célebre, son un extenso poema de tema aparentemente sencillo —un joven náufrago que vaga por parajes rurales y marinos— transfigurado en un prodigio de riqueza verbal, de descripción suntuosa de la naturaleza y de complejidad formal. Estas obras suscitaron una enorme polémica y fueron a la vez admiradas como cumbres del arte y atacadas como excesos de oscuridad.
El poeta popular
Sería injusto reducir a Góngora a su vertiente culta y difícil. Fue también un maestro de la poesía más ligera, clara y popular: sus romances y letrillas, de gran gracia, musicalidad y frescura, muestran otra cara de su genio y gozaron de enorme popularidad. En ellos, Góngora demuestra un dominio absoluto de la lengua en registros muy distintos, del más sencillo y cantable al más elaborado y hermético, revelando la amplitud y la maestría de su arte.
La rivalidad con Quevedo
Góngora protagonizó con Francisco de Quevedo una de las enemistades literarias más célebres y fértiles del Siglo de Oro. Ambos, defensores de concepciones opuestas de la poesía —el culteranismo ornamental de Góngora frente al conceptismo agudo de Quevedo—, se atacaron con sonetos feroces y llenos de ingenio, en una guerra de burlas que ha quedado como uno de los episodios más brillantes y venenosos de la historia literaria. Aquella rivalidad enfrentó las dos grandes corrientes de la poesía barroca española.
Legado
Góngora murió en Córdoba el 23 de mayo de 1627, empobrecido y enfermo. Su obra conoció una fortuna cambiante: admirada en su tiempo, fue después denostada durante siglos por su oscuridad y su artificio, hasta que en el siglo XX la Generación del 27 —que tomó su nombre del tricentenario de su muerte, en 1927— la reivindicó con entusiasmo, reconociendo en Góngora a un maestro absoluto de la lengua poética y a un precursor de la poesía moderna. Hoy es considerado, junto a Quevedo, la cumbre de la poesía barroca española y uno de los mayores poetas de la lengua. Góngora llevó el idioma español a un grado de riqueza, belleza y complejidad sin igual, y su poesía, deslumbrante y desafiante, sigue admirándose como una de las más altas creaciones del genio literario hispánico.