El apóstol
José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853, hijo de humildes emigrantes españoles. Desde muy joven abrazó la causa de la independencia de Cuba, entonces colonia española, lo que le costó, con apenas dieciséis años, la cárcel y los trabajos forzados, y después el destierro. Aquella temprana experiencia del presidio político forjó su carácter y su vocación de entrega total a la libertad de su patria. Su vida sería, desde entonces, una sola: la de un hombre que puso su inmenso talento literario al servicio de un ideal por el que acabaría dando la vida. Los cubanos lo llaman, con veneración, «el Apóstol».
El desterrado universal
Martí pasó buena parte de su vida en el exilio: España, México, Guatemala, Venezuela y, sobre todo, Estados Unidos, donde residió muchos años, principalmente en Nueva York. Desde allí ejerció un periodismo brillante y una labor incansable de organización política. Sus crónicas sobre la vida norteamericana, enviadas a periódicos de toda Hispanoamérica, son a la vez reportaje deslumbrante y aguda reflexión: admiró la energía y las libertades de Estados Unidos, pero advirtió con lucidez profética sobre su creciente afán expansionista y sobre el peligro que representaba para las naciones al sur. «Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas», escribió.
«Nuestra América»
Su ensayo Nuestra América (1891) es un texto fundacional del pensamiento latinoamericano. En él, Martí reivindica la identidad propia, mestiza y original de los pueblos hispanoamericanos frente a la imitación servil de modelos europeos y frente a la amenaza del norte. Defiende un americanismo basado en el conocimiento de la propia realidad —«injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas»— y en la unión de todos los hijos del continente. Su visión de una América Latina unida, culta y dueña de su destino sigue siendo una referencia ineludible.
El renovador de la poesía
Martí es también uno de los iniciadores del modernismo literario, junto a Rubén Darío, que lo admiró y lo llamó «maestro». Su poesía renovó el lenguaje con una sinceridad y una musicalidad nuevas. Los Versos sencillos (1891) —de donde procede la letra de la célebre canción «Guantanamera»— destilan, en una forma aparentemente humilde, una honda emoción y sabiduría: «Yo soy un hombre sincero / de donde crece la palma». Sus Versos libres e Ismaelillo, este último dedicado a su hijo, muestran a un poeta original y adelantado, que unió la ternura, el heroísmo y una constante meditación moral.
La organización de la guerra
Convencido de que la independencia de Cuba solo llegaría por las armas, Martí dedicó sus últimos años a preparar y unificar el movimiento revolucionario. Fundó el Partido Revolucionario Cubano, recorrió las comunidades de emigrados recaudando fondos y sumando voluntades, y logró la unión de los veteranos militares de guerras anteriores con la nueva generación. Su autoridad no venía del rango ni de la fuerza, sino de su palabra, su ejemplo y su desprendimiento absoluto. Predicó siempre una república «con todos y para el bien de todos», sin odios ni revanchas.
Muerte en combate
Al estallar la guerra de independencia, Martí no quiso quedarse en la retaguardia. Desembarcó en Cuba y, pese a no ser un hombre de armas, se incorporó a la lucha. El 19 de mayo de 1895, en el combate de Dos Ríos, cayó bajo el fuego español, cumpliendo casi como un destino elegido su idea de que había que unir la palabra y la acción, el pensamiento y el sacrificio. Tenía cuarenta y dos años. Su muerte lo elevó definitivamente a la categoría de mártir y símbolo de la nación cubana.
Legado
José Martí es una de las figuras más completas y admiradas de la historia de Hispanoamérica: escritor genial y a la vez hombre de acción, pensador y héroe, poeta y organizador político. Su obra, inmensa y dispersa —poesía, ensayo, crónica, teatro, epistolario, literatura para niños—, y su ejemplo de coherencia entre las ideas y la vida, lo han convertido en referente moral para varias generaciones. En Cuba y en toda América Latina, su figura sigue encarnando la unión de la belleza, la libertad y la entrega a los demás.