El discípulo de Flaubert
Guy de Maupassant nació el 5 de agosto de 1850 en Normandía, región cuyos paisajes, campesinos y costumbres poblarían gran parte de su obra. Amigo de la familia, Gustave Flaubert lo tomó bajo su tutela y se convirtió en su maestro literario, sometiéndolo a una disciplina rigurosa: le enseñó a observar con precisión, a buscar la palabra exacta y a no publicar nada que no fuera perfecto. Bajo esa guía severa, y en el ambiente del naturalismo que lideraba Émile Zola, Maupassant se formó como escritor durante años de aprendizaje paciente antes de darse a conocer.
«Bola de sebo» y la consagración
Su irrupción fue fulgurante. En 1880 publicó el relato Bola de sebo, la historia de una prostituta que, viajando en diligencia durante la guerra franco-prusiana, es despreciada por sus acompañantes «respetables» hasta que la necesitan, revelando toda la hipocresía de la sociedad burguesa. El cuento fue aclamado como una obra maestra y lo consagró de inmediato. A partir de entonces, y durante una década de fecundidad prodigiosa, Maupassant escribió unos trescientos cuentos, varias novelas y libros de viajes, con un éxito de público y crítica extraordinario.
El maestro del cuento
Maupassant es, junto a Chéjov, el gran maestro del cuento moderno. Sus relatos, de una construcción impecable, se caracterizan por la economía, la objetividad, la observación penetrante y, a menudo, un final sorprendente o revelador. Retrató con lucidez implacable todos los estratos de la sociedad de su tiempo: los campesinos normandos, los pequeños funcionarios, la burguesía, las prostitutas, los oficiales. Cuentos como «El collar», «La casa Tellier», «Mademoiselle Fifi» o «Dos amigos» son modelos del género, en los que bajo una aparente sencillez late una comprensión profunda —y a menudo amarga— de la naturaleza humana.
Las novelas
Maupassant cultivó también la novela con maestría. Una vida (1883) narra las ilusiones y desengaños de una mujer a lo largo de su existencia, con un pesimismo desolado; Bel-Ami (1885), quizá su novela más célebre, es el retrato feroz de un arribista sin escrúpulos que asciende socialmente mediante la seducción y la intriga, una crítica demoledora de la sociedad y el periodismo corruptos de su época. En ellas despliega la misma precisión, la misma mirada desengañada y el mismo dominio de la forma que en sus cuentos.
Lo fantástico y la angustia
En sus últimos años, Maupassant cultivó también el relato fantástico y de terror, tiñendo su obra de angustia, alucinación y locura. Su cuento «El Horla», sobre un hombre atormentado por una presencia invisible, es una obra maestra del género y refleja el deterioro mental del propio autor, aquejado de una grave enfermedad que le producía crisis nerviosas, delirios y un terror creciente a la locura. La enfermedad, que fue minando su lucidez, ensombreció trágicamente el final de su breve y brillante carrera.
Legado
Tras un intento de suicidio, Maupassant fue internado y murió en una clínica de París el 6 de julio de 1893, con solo cuarenta y dos años. En apenas una década de producción había dejado una de las obras más admiradas de la literatura francesa. Su maestría en el cuento ha influido en narradores de todo el mundo, de Chéjov a los grandes cuentistas del siglo XX. Su mirada precisa, objetiva y sin ilusiones sobre la condición humana, unida a la perfección de su técnica, lo mantienen como uno de los más grandes narradores de todos los tiempos y como un modelo insuperado del arte de contar.