Foto de Francisco de Quevedo

Biografía de Francisco de Quevedo

Escritor España · 1580–1645

El ingenio del Barroco

Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid el 14 de septiembre de 1580, en el seno de una familia de servidores de la corte: su padre fue secretario de la reina y su madre dama de la casa real, de modo que el niño creció entre los pasillos del poder. Fue una inteligencia precoz y torrencial. Estudió en la Universidad de Alcalá y después en Valladolid —adonde se había trasladado la corte—, donde dominó las lenguas clásicas, el hebreo, el italiano y el francés, y adquirió la vastísima erudición que sostiene toda su obra. Miope y con un defecto en los pies que lo obligaba a caminar de manera peculiar, hizo de su cuerpo, como de todo, materia de ingenio y de desafío.

Maestro del conceptismo

Quevedo es, con Baltasar Gracián, el gran teórico y practicante del conceptismo: un estilo que busca la agudeza en la asociación sorprendente de ideas, en el juego de palabras, en la densidad del pensamiento condensado en el mínimo espacio. Frente al culteranismo ornamental de su rival Luis de Góngora —a quien persiguió con sonetos feroces e incluso comprando la casa en que vivía para desahuciarlo—, Quevedo apostó por una lengua nerviosa, cortante, capaz de pasar del chiste procaz a la sentencia filosófica en un solo verso. Su poesía abarca todos los tonos: la sátira demoledora, el amor apasionado —«polvo serán, mas polvo enamorado»—, y una honda reflexión estoica y cristiana sobre la fugacidad de la vida.

La sátira y la prosa

En prosa dejó obras que definieron su época. Los sueños (compuestos entre 1605 y 1622) son visiones satíricas del mundo y del más allá —el juicio final, el infierno, la muerte— donde desfilan médicos homicidas, jueces venales, maridos burlados y toda la fauna humana vista con lupa despiadada. La vida del Buscón (publicada en 1626), retrato del pícaro Pablos de Segovia, lleva la novela picaresca a un extremo de virtuosismo verbal y crueldad grotesca sin igual. Y en La cuna y la sepultura o en la Vida de Marco Bruto desplegó su vertiente moral y política, alimentada por el neoestoicismo de Séneca y Epicteto que tradujo y comentó.

Política, caída y prisión

La vida de Quevedo fue tan agitada como su prosa. Hombre de acción además de letras, sirvió al duque de Osuna en Italia en oscuras intrigas diplomáticas, lo que le valió destierros y persecuciones cuando su protector cayó en desgracia. Cortesano brillante y temido por su lengua, se aproximó al valido conde-duque de Olivares y luego rompió con él. En 1639, acusado de ser autor de un memorial contra el rey, fue detenido y encerrado en el convento de San Marcos de León, donde pasó casi cuatro años en condiciones durísimas que arruinaron su salud. Liberado en 1643 tras la caída de Olivares, ya era un hombre quebrado.

Genio y contradicción

Quevedo encarna como pocos las contradicciones del Barroco español. Fue moralista severo y autor de versos escatológicos; defensor de la fe y satírico implacable del clero; patriota dolido por la decadencia de España y cortesano enredado en sus intrigas. Su misoginia, su antisemitismo y sus prejuicios de época conviven con una lucidez sobre la condición humana que sigue estremeciendo. En él la risa es una forma de desengaño, y el desengaño —esa palabra clave del siglo— la última sabiduría posible.

La guerra con Góngora

Ninguna enemistad literaria del Siglo de Oro fue tan feroz ni tan fértil como la que enfrentó a Quevedo con Luis de Góngora. Encarnaban dos concepciones opuestas del arte: el culteranismo gongorino, que buscaba la belleza en la sintaxis latinizante, el hipérbaton audaz y la metáfora deslumbrante; y el conceptismo quevediano, que la buscaba en la agudeza del ingenio y la densidad del concepto. Se lanzaron sonetos demoledores: Quevedo se burló de la nariz, la afición al juego y el supuesto origen judío de Góngora en versos que son a la vez injuriosos y prodigios de virtuosismo, como el célebre «Érase un hombre a una nariz pegado». La rivalidad, teñida de envidia y de genio, elevó la sátira personal a la categoría de obra maestra y define para siempre las dos grandes corrientes de la poesía barroca española.

Pero reducir a Quevedo a la burla sería injusto. En su poesía amorosa y metafísica alcanzó cimas de intensidad que pocos han igualado. El soneto «Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día» —que culmina en el verso «polvo serán, mas polvo enamorado»— proclama que el amor sobrevive a la muerte misma, en una afirmación desafiante de eternidad. Y en sus poemas morales, herederos del estoicismo de Séneca, meditó sobre el paso del tiempo, la brevedad de la vida y la corrupción de todo lo humano con una gravedad que contrasta y a la vez completa su vena satírica: las dos caras, la risa y la calavera, de una misma mirada desengañada.

Muerte y posteridad

Murió en Villanueva de los Infantes el 8 de septiembre de 1645, dejando una obra que une, como pocas, el virtuosismo del lenguaje y la conciencia trágica de la existencia. Su influencia atraviesa toda la literatura en español: Borges lo llamó «no un poeta, sino una literatura», y su capacidad para hacer del idioma un instrumento a la vez cómico y metafísico no ha sido superada. Leer a Quevedo es asomarse al vértigo del Siglo de Oro, donde la carcajada y la calavera comparten la misma página.

Obras de Francisco de Quevedo

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