El «hombre nuevo»
Marco Tulio Cicerón nació en Arpino, cerca de Roma, el 3 de enero del año 106 a. C., en una familia acomodada pero sin tradición política. Sin apellido ilustre que lo respaldara, ascendió en la vida pública romana únicamente gracias a su extraordinario talento, sobre todo a su dominio incomparable de la oratoria, lo que lo convirtió en un «hombre nuevo» que alcanzó las más altas magistraturas. Culminó su carrera política al ser elegido cónsul en el año 63 a. C., cargo desde el que desbarató la conjura del ambicioso Catilina, acontecimiento que lo consagró como salvador de la República.
El maestro de la oratoria
Cicerón es considerado el mayor orador de la Antigüedad y uno de los mayores de todos los tiempos. Sus discursos —las Catilinarias, las Verrinas, las Filípicas contra Marco Antonio— son modelos de elocuencia, de estructura y de fuerza persuasiva, y fijaron los cánones de la retórica occidental durante siglos. Su prosa latina, de una perfección, un ritmo y una elegancia insuperables, se convirtió en el modelo mismo del buen latín, estudiado e imitado desde la Antigüedad hasta el Renacimiento y más allá. Escribió también tratados sobre el arte de la oratoria, como De oratore.
El filósofo y transmisor
Cicerón desempeñó un papel decisivo como transmisor de la filosofía griega al mundo latino. En obras como Sobre la naturaleza de los dioses, Sobre los deberes, Sobre la amistad, Sobre la vejez o las Tusculanas, expuso y adaptó al latín las principales corrientes del pensamiento griego —el estoicismo, el epicureísmo, el escepticismo académico—, creando además buena parte del vocabulario filosófico latino que Occidente heredaría. Gracias a él, y a su prosa accesible y elegante, muchas ideas de la filosofía antigua llegaron a las generaciones posteriores, ejerciendo una influencia inmensa en el pensamiento europeo.
El defensor de la República
Cicerón vivió en una época turbulenta, la de las guerras civiles y la agonía de la República romana. Defendió con pasión el orden republicano y las instituciones tradicionales frente al avance del poder personal de figuras como César y, tras su asesinato, Marco Antonio. Su ideal era una república gobernada por leyes, con equilibrio entre las clases y dirigida por hombres virtuosos y cultos. Esa fidelidad a la libertad republicana, en un tiempo que se encaminaba hacia el poder absoluto, definió su acción política y determinó su destino.
El humanista
Cicerón encarnó el ideal de la humanitas: la formación integral del ser humano mediante la cultura, la elocuencia, la filosofía y la virtud cívica. Ese ideal, recuperado por los humanistas del Renacimiento —que lo veneraron como maestro—, hizo de él una de las figuras más influyentes de la cultura occidental. Su vasta correspondencia, conservada, ofrece además un retrato íntimo y vívido de él mismo y de su época, y es una de las fuentes históricas más valiosas de la Antigüedad.
Legado
Su defensa de la República le costó la vida: tras oponerse a Marco Antonio con sus Filípicas, fue proscrito y asesinado el 7 de diciembre del año 43 a. C. Cicerón dejó una huella imborrable en la historia de Occidente: como modelo de prosa y elocuencia, como transmisor del pensamiento clásico, como teórico de la retórica y la política, y como símbolo del humanismo. Durante siglos, aprender a escribir y a pensar bien significó, en buena medida, leer a Cicerón. Su ideal de una cultura al servicio de la libertad y la virtud sigue siendo uno de los pilares de la tradición humanista europea.