Foto de Charles Darwin

Biografía de Charles Darwin

Científico Reino Unido · 1809–1882

Un joven sin rumbo aparente

Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, en el corazón rural de Inglaterra, en el seno de una familia acomodada y librepensadora: su abuelo Erasmus Darwin había sido médico y poeta de ideas ya evolucionistas, y su madre, Susannah, pertenecía a la célebre dinastía alfarera de los Wedgwood. Perdió a su madre a los ocho años. Su padre, el imponente doctor Robert Darwin, lo envió a estudiar medicina a Edimburgo, pero el joven Charles huía de las salas de operaciones —la cirugía sin anestesia lo horrorizaba— y prefería coleccionar escarabajos y escuchar a los naturalistas. Trasladado a Cambridge para hacerse clérigo, se graduó sin brillo; y sin embargo allí encontró a su mentor, el botánico John Henslow, que vio en él algo que nadie más veía.

El viaje del Beagle

En 1831, con apenas veintidós años, Henslow lo recomendó para un puesto insólito: naturalista sin sueldo a bordo del HMS Beagle, un bergantín que zarpaba a cartografiar las costas de Sudamérica bajo el mando del capitán FitzRoy. El padre se opuso; un tío intercedió a tiempo. Aquella travesía de casi cinco años cambiaría la historia del pensamiento. Darwin recorrió selvas y pampas, escaló los Andes, desenterró fósiles de mamíferos gigantes y sintió bajo sus pies un terremoto que le enseñó que la Tierra misma estaba viva y en cambio. En las islas Galápagos observó que cada isla tenía sus propios pinzones y tortugas, variaciones sutiles de un mismo molde. No comprendió su significado de inmediato, pero regresó a casa con un cuaderno cargado de preguntas.

Una idea peligrosa

De vuelta en Inglaterra en 1836, convertido ya en un naturalista respetado, Darwin empezó a rumiar en secreto una hipótesis explosiva: que las especies no eran fijas ni inmutables, sino que descendían unas de otras, transformándose a lo largo de eras inmensas. Hacia 1838, tras leer a Malthus sobre la lucha por los recursos, dio con el mecanismo: la selección natural. En la naturaleza nacen más individuos de los que pueden sobrevivir; los que portan variaciones ventajosas dejan más descendencia, y así, generación tras generación, la vida se moldea a sí misma sin necesidad de un diseñador. Consciente de que la idea sacudiría los cimientos religiosos de su tiempo, la guardó casi veinte años, acumulando pruebas con una paciencia casi obsesiva.

El origen de las especies

En 1858 recibió un golpe inesperado: un joven naturalista, Alfred Russel Wallace, le enviaba desde el archipiélago malayo un ensayo que exponía la misma teoría a la que él había llegado. Antes que perder la primacía o cometer una injusticia, ambos presentaron sus ideas juntas ante la Sociedad Linneana. Al año siguiente, en 1859, Darwin publicó por fin El origen de las especies. La primera edición se agotó casi de inmediato. El libro proponía la «descendencia con modificación» y desató una tormenta que aún no ha amainado: encendió púlpitos, dividió academias y obligó a la humanidad a mirarse como una rama más del árbol de la vida, y no como su cúspide.

El descenso del hombre y la obra tardía

Darwin evitó al principio la cuestión más incómoda, pero en 1871, en El origen del hombre, aplicó sin rodeos su teoría a nuestra propia especie y presentó un segundo mecanismo, la selección sexual. Un año después, en La expresión de las emociones, mostró el parentesco entre los gestos humanos y los de los animales. Lejos de la caricatura del científico de una sola idea, fue un observador infatigable de lo diminuto: dedicó años a las orquídeas, a las plantas trepadoras y carnívoras, a los percebes, y consagró su último libro a las humildes lombrices de tierra, a las que consideraba, con ternura, arquitectas silenciosas del suelo del mundo.

Emma, Annie y Down House

En 1839 se casó con su prima Emma Wedgwood, mujer de fe sincera con quien tuvo diez hijos y a quien confió sus dudas más íntimas. Aquejado durante décadas de una enfermedad crónica nunca aclarada del todo, se retiró a Down House, una casa tranquila del condado de Kent, desde donde tejió una vasta red de correspondencia con medio mundo. La muerte de su hija Annie en 1851, a los diez años, lo destrozó y ahondó su alejamiento silencioso de la religión. No fue un rebelde estridente: fue un hombre tímido, meticuloso y honesto hasta el tormento, que temía tanto el error como el escándalo.

Muerte y legado

Charles Darwin murió el 19 de abril de 1882 y fue enterrado, entre honores nacionales, en la abadía de Westminster, muy cerca de Isaac Newton. Su teoría, refinada más tarde por la genética que él no llegó a conocer, se convirtió en el hilo que unifica toda la biología: nada en el estudio de la vida tiene verdadero sentido sino a la luz de la evolución. Más allá de la ciencia, Darwin legó una manera de mirar —paciente, humilde, deslumbrada ante la fecundidad del mundo— que resuena en cada una de las frases que dejó. «Hay grandeza en esta concepción de la vida», escribió al cerrar su gran libro; y esa grandeza no ha dejado de crecer.

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