El poeta maldito
Charles Baudelaire nació en París el 9 de abril de 1821. La muerte temprana de su padre y el nuevo matrimonio de su madre con un general al que detestó marcaron su carácter rebelde y su sentimiento de desarraigo. Dilapidó su herencia en una vida de dandi, bohemio y consumidor de placeres, hasta que su familia lo sometió a tutela económica, condenándolo a una permanente estrechez. Espíritu atormentado, refinado y provocador, encarnó la figura del «poeta maldito»: el artista en conflicto con la sociedad burguesa, entregado a la búsqueda de la belleza en medio del vicio, el tedio y la desesperación.
«Las flores del mal»
Su obra capital, Las flores del mal (1857), es uno de los libros de poesía más influyentes de la historia. En él, Baudelaire explora la tensión entre el ideal y el «spleen» —el hastío, la angustia existencial—, entre la aspiración a la belleza y la atracción por el mal, el pecado y la muerte. Cantó la ciudad moderna, sus multitudes, sus prostitutas y sus miserables; hizo de lo feo, lo prohibido y lo morboso materia de poesía; y buscó, mediante las «correspondencias» entre sonidos, colores y perfumes, una realidad más profunda tras las apariencias. La publicación del libro le valió un proceso judicial por ofensa a la moral, en el que fue condenado y obligado a suprimir varios poemas.
La invención de lo moderno
Baudelaire fue el primer gran poeta de la modernidad urbana. Frente a la naturaleza idealizada del Romanticismo, cantó la gran ciudad —París—, con su artificio, su fugacidad, su fealdad y su extraña belleza. Definió lo moderno como «lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente», y reivindicó la figura del «flâneur», el paseante que observa la vida de la multitud. En sus Pequeños poemas en prosa (o El spleen de París) creó, además, la forma del poema en prosa, abriendo un nuevo cauce a la expresión poética. Su sensibilidad, atenta a lo efímero y a lo artificial, inauguró toda una nueva manera de mirar el mundo.
El crítico de arte
Baudelaire fue también uno de los mejores críticos de arte de su siglo. Sus escritos sobre pintura —defendió a Delacroix y a los artistas de su tiempo—, sobre música —fue de los primeros en reconocer el genio de Wagner— y sobre literatura revelan una inteligencia estética de primer orden. Tradujo además, con extraordinaria fidelidad y afinidad, la obra de Edgar Allan Poe, a quien admiraba como un alma gemela y a quien dio a conocer en Europa, contribuyendo decisivamente a su fama.
Enfermedad y ocaso
Los últimos años de Baudelaire fueron sombríos: acosado por las deudas, la enfermedad —la sífilis que arrastraba— y el consumo de opio, se trasladó a Bruselas en busca de fortuna, sin éxito. Allí sufrió un ataque que lo dejó afásico y paralizado, incapaz de hablar y de escribir, él que había sido un maestro de la palabra. Regresó a París, donde pasó sus últimos meses en ese estado de silencio y sufrimiento.
Legado
Murió en París el 31 de agosto de 1867, con solo cuarenta y seis años y sin haber conocido la gloria plena. Su influencia, sin embargo, sería inmensa: Baudelaire es el padre de la poesía moderna, el eslabón que va del Romanticismo al simbolismo y a todas las vanguardias del siglo XX. Verlaine, Rimbaud, Mallarmé y, a través de ellos, la poesía universal, son sus herederos. Su exploración de la belleza en el mal, de la ciudad moderna y de los abismos del alma, y su dominio absoluto del verso, hacen de Las flores del mal una piedra angular de la literatura. Baudelaire enseñó a la poesía a mirar de frente lo moderno, con toda su fealdad y su extraño esplendor.