El hombre de teatro
Bram (Abraham) Stoker nació en Dublín el 8 de noviembre de 1847. Niño enfermizo que pasó buena parte de su infancia postrado, desarrolló una imaginación fértil alimentada por los relatos y leyendas que le contaban. Formado en el Trinity College de Dublín, trabajó como funcionario y crítico teatral antes de convertirse, durante casi tres décadas, en el administrador y hombre de confianza del célebre actor Henry Irving, en cuyo teatro londinense, el Lyceum, desarrolló su principal actividad profesional. Ese mundo del teatro, de la interpretación y del personaje, influyó en su imaginación, y en sus ratos libres cultivó la escritura de relatos y novelas de misterio y terror.
«Drácula»
Su obra inmortal es Drácula (1897), la novela que dio forma literaria definitiva al mito del vampiro y creó uno de los personajes más influyentes y perdurables de la cultura popular. Narrada en forma epistolar —a través de diarios, cartas y recortes—, cuenta cómo el conde Drácula, un vampiro milenario de Transilvania, viaja a Inglaterra para extender su maldición, y cómo un grupo de personas, encabezado por el sabio profesor Van Helsing, lucha por detenerlo. La novela combina el terror gótico, el suspense, el erotismo velado y las inquietudes de la época victoriana, y crea una atmósfera inquietante y una figura —el conde vampiro, aristocrático, seductor y monstruoso— de un poder simbólico extraordinario.
La creación de un mito
Aunque el vampiro existía ya en el folclore y en la literatura anterior, fue Stoker quien lo fijó en su forma moderna y le dio su encarnación definitiva en el conde Drácula. Documentándose sobre las leyendas de Europa oriental y sobre figuras históricas, creó un personaje y un mito que trascenderían por completo la novela para convertirse en uno de los grandes arquetipos de la cultura occidental. Drácula encarna el mal seductor, la muerte que no muere, el deseo prohibido y el miedo ancestral, y su figura ha fascinado e inquietado a generaciones enteras.
Terror y símbolo
Drácula es mucho más que una novela de terror: bajo su trama de vampiros late toda una red de símbolos e inquietudes de la época victoriana —el miedo a lo extranjero y a lo desconocido, la sexualidad reprimida, la enfermedad y el contagio, la lucha entre la ciencia y lo sobrenatural, la fe y la superstición. Esa riqueza simbólica, unida a la fuerza de la atmósfera y del personaje, explica la fascinación perdurable de la obra y su condición de clásico del género, objeto de innumerables análisis e interpretaciones.
Otras obras
Stoker escribió otras novelas y relatos de misterio y terror —como La joya de las siete estrellas o La guarida del gusano blanco—, así como cuentos y obras diversas, pero ninguna alcanzó ni de lejos la fama y la fortuna de Drácula. Su nombre quedó indisolublemente unido al del conde vampiro, hasta el punto de que su vasta labor en el teatro y el resto de su producción literaria han quedado eclipsados por completo por su gran creación.
Legado
Bram Stoker murió en Londres el 20 de abril de 1912. Su novela Drácula le ha dado una pervivencia y una influencia inmensas: el conde vampiro se ha convertido en uno de los personajes más adaptados y reinterpretados de la historia, protagonista de innumerables películas —desde el Nosferatu de Murnau hasta las incontables versiones posteriores—, obras de teatro, cómics y toda clase de creaciones de la cultura popular. Drácula es hoy un icono universal del terror, y el mito del vampiro que Stoker fijó sigue fascinando y renovándose sin cesar. Bram Stoker permanece como el creador de uno de los grandes mitos modernos, el escritor que dio forma definitiva a la figura del vampiro y legó a la humanidad, en su conde Drácula, una de las encarnaciones más poderosas y perdurables del mal, el miedo y el misterio.