Biografía de Benito Pérez Galdós
Escritor España · 1843–1920
El cronista de una nación
Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843, el menor de diez hermanos en una familia de clase media acomodada. En 1862 se trasladó a Madrid para estudiar Derecho, carrera que nunca ejerció: la capital, con su bullicio de cafés, tertulias, redacciones y calles populares, se convirtió en su verdadera universidad y en el gran escenario de toda su obra. Caminante infatigable, Galdós observaba la ciudad como un naturalista observa un ecosistema, anotando tipos, hablas y miserias que después vertería en sus novelas. De aquella mirada callejera nació el proyecto literario más ambicioso de las letras españolas del siglo XIX.
Los «Episodios Nacionales»
En 1873 emprendió los Episodios Nacionales, una colosal serie de cuarenta y seis novelas que narra la historia de España desde la batalla de Trafalgar (1805) hasta la Restauración, entrelazando los grandes acontecimientos —la Guerra de la Independencia, las guerras carlistas, las revoluciones del siglo— con las vidas de personajes de ficción. Concebidos en cinco series, los Episodios fueron a la vez empresa literaria y pedagogía cívica: Galdós quiso que los españoles comprendieran su propio presente conociendo el siglo que lo había forjado. Títulos como Trafalgar, Zaragoza, Gerona o Bailén convirtieron la historia en experiencia íntima, y aún hoy constituyen una de las mayores hazañas narrativas escritas en español.
Las grandes novelas contemporáneas
Paralelamente, Galdós desplegó el ciclo de sus «novelas contemporáneas», donde alcanza la plenitud de su genio. Tras una primera etapa de «novelas de tesis» —Doña Perfecta (1876), Gloria, La familia de León Roch— en las que dramatiza el choque entre el fanatismo y la libertad de conciencia, evolucionó hacia un realismo más ancho y compasivo. Fortunata y Jacinta (1886-1887), su obra maestra, es una vasta novela sobre dos mujeres —una burguesa estéril, otra mujer del pueblo, fecunda y apasionada— unidas por el amor al mismo hombre; en sus cuatro tomos late todo Madrid, con una hondura psicológica y una amplitud social que la sitúan a la altura de Balzac, Dickens o Tolstói. A ese periodo pertenecen también Miau, Tormento, La de Bringas y la delicadísima Marianela.
El giro espiritual
En la última década del siglo su arte se adentró en lo espiritual y lo simbólico. Nazarín (1895) retrata a un sacerdote quijotesco que intenta vivir literalmente el Evangelio en un mundo que lo toma por loco; Misericordia (1897), quizá su novela más conmovedora, encarna en la criada Benina —que mendiga en secreto para mantener a su señora— una santidad humilde y sin dogmas. En estas obras, la caridad y la piedad sustituyen a la tesis, y el realismo se abre a una ternura casi mística por los humillados y ofendidos.
Teatro, política y últimos años
Galdós llevó también su combate al teatro. El estreno de Electra en 1901, con su alegato anticlerical, provocó tumultos y manifestaciones y lo convirtió en símbolo del republicanismo progresista. Fue diputado, primero por el Partido Liberal y luego en la conjunción republicano-socialista, aunque la política le dejó más sinsabores que satisfacciones. En sus últimos años, arruinado por su generosidad y por los pleitos editoriales, y ciego desde 1912 a causa de una catarata, siguió dictando obras a sus colaboradores. Su candidatura al Premio Nobel fue torpedeada por rivalidades nacionales, y murió en Madrid el 4 de enero de 1920. A su entierro acudió una multitud inmensa: el pueblo al que había dado voz despedía a su cronista.
El método y el estilo
Galdós trabajaba como un arquitecto de la realidad. Documentaba minuciosamente los escenarios de sus novelas —recorría los barrios, visitaba mercados, hospicios, casas de vecindad y cárceles, tomaba apuntes del natural— y reconstruía con precisión el Madrid de cada época. De ese método casi periodístico nace la sensación de vida palpitante que respiran sus libros. Su técnica narrativa fue evolucionando desde el narrador omnisciente hacia procedimientos sorprendentemente modernos: el estilo indirecto libre, que le permitía deslizarse dentro de la conciencia de sus personajes, y el monólogo interior, que ensayó décadas antes de que se convirtiera en bandera de la vanguardia europea. En Realidad o en El amigo Manso llevó incluso el experimento hasta hacer que un personaje se sepa personaje, jugando con las fronteras de la ficción.
Su lengua es uno de sus mayores logros: un español vivo, flexible, que reproduce con oído infalible el habla de la aristocracia venida a menos, del funcionario cesante, de la verdulera o del usurero. Frente a la retórica solemne de otros autores del XIX, Galdós escribe como se habla, con una naturalidad y una ironía que humanizan incluso a sus personajes más miserables. Esa aparente sencillez —que sus detractores modernistas despreciaron llamándolo «garbancero», es decir, prosaico y casero— es en realidad el resultado de un arte consumado: la de un escritor que quiso que la literatura hablara la lengua de la calle sin perder por ello ni un ápice de hondura ni de belleza.
Legado
Llamado «el Balzac español», Galdós es, junto a Cervantes, el mayor novelista de la lengua. Su capacidad para crear personajes vivos —más de ocho mil pueblan su obra—, su oído para el habla popular, su ironía tierna y su honda compasión moral hicieron de la novela un instrumento de conocimiento nacional. Escritores como Valle-Inclán o Baroja renegaron de él por «garbancero», pero el tiempo ha confirmado su estatura: leer a Galdós es entrar en la conciencia misma de la España moderna, con todas sus grandezas y sus tragedias.